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Arte del día · 24 de septiembre de 2026

El santuario Tenjin de Kameido

Las flores cuelgan como una cortina ante el puente.

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Glicinas moradas cuelgan sobre el agua mientras unos visitantes cruzan el empinado puente arqueado del santuario Tenjin de Kameido
Artista
Utagawa Hiroshige
Fecha
1856
Técnica
Xilografía policromada
Serie
Cien vistas famosas de Edo

Dos atractivos en una sola vista

El santuario Tenjin de Kameido era conocido por sus enrejados de glicina y sus puentes arqueados en forma de tambor. Hiroshige combina ambos elementos acercando uno y manteniendo el otro a distancia. Las flores forman un borde irregular de tono morado, mientras que el puente aporta al fondo una curva rotunda, casi geométrica.

Un puente hecho más empinado a propósito

El arco parece extraordinariamente alto en la estampa, y el estrecho formato vertical acentúa aún más la subida. Los visitantes aparecen en distintos puntos de la pendiente, convirtiendo su curva en una sucesión de pequeños esfuerzos. Tres aves cruzan el cielo despejado en lo alto, en contrapeso con las densas flores de la parte inferior.

Una composición que viaja hacia occidente

Las estampas japonesas circularon ampliamente por la Europa del siglo XIX. Van Gogh poseía algunos ejemplares y realizó una copia pintada de este diseño, a la que añadió un color intenso y un borde decorativo repleto de caracteres. Su versión es tanto un ejercicio de estudio como un gesto de admiración, y muestra cómo el recorte, la escala y el color plano de Hiroshige ofrecían a los pintores europeos otra manera de organizar el espacio.

Un puente visto a través de las flores colgantes

La glicina no se limita a decorar discretamente el borde de la escena. Sus densos racimos descienden a través de toda la vista, dejando solo fragmentos del puente arqueado y del jardín al fondo. Su cercanía hace que las flores resulten casi táctiles, mientras que las pequeñas figuras sobre el puente establecen una escala muy distinta. Hiroshige nos pide que miremos a través de la abundancia, en lugar de apartarnos de ella.

La pronunciada curva del puente está exagerada, pero esa distorsión clarifica la experiencia misma de cruzarlo. Las figuras suben, alcanzan brevemente la cima y descienden hasta perderse de vista, una secuencia que la estampa deja ver de un solo vistazo. El agua, abajo, repite el arco con más discreción. La copia posterior de Van Gogh intensifica el contorno y el color, pero el original ya se sostiene sobre una idea audaz y moderna: dejar que el marco corte los objetos antes de que la perspectiva los ordene.

Fuentes y lecturas adicionales